Esta entrada ilustra mediante dos historias los fundamentos de los dos sistemas principales de enseñanza en el buceo que se desarrollarán en la segunda parte del artículo. Pero, sin duda, el lector se reconocerá en alguna, aunque sea parcialmente.

Érase que se era … una historia común.

Cuando alguien hace un bautizo de buceo y luego un curso básico para obtener su carné de OWD o similar, normalmente no está pensando en la trayectoria que posteriormente seguirá en el mundo del buceo, o si llegará a ser divemaster o instructor, o si se dedicará al buceo técnico o al buceo en cuevas. Nuestro buceador novel estárá centrado en no tener un problema y en las maravillosas sensaciones que se experimentan al principio y que jamás se olvidan.

Nuestro novato se ha dirigido a un centro de buceo que le venía bien, perteneciente a una organización de enseñanza nacional o internacional que alguien le ha dicho que está muy extendida y con cuya titulación, una vez obtenida, no va a tener ningún problema para bucear en ninguna parte del mundo.

Los buceadores veteranos que ha conocido y que le han animado a dar el paso le han contado que antes los cursos requerían semanas de teoría, piscina y mar; que en ellos se sometía al alumno a pruebas físicas de gran dificultad; pero que, el que terminaba, salía verdaderamente bien preparado. En cambio, ahora -dicen- los cursos duran muy poco y no se sale tan bien preparado. Él no conoce el grado de intensidad que podrá dedicar ni si la actividad le va a gustar mucho o poco y no le parece mal hacer un curso que no exija demasiada renuncia en cuanto al tiempo y al esfuerzo y, sobre todo, que sea asumible económicamente. De todas formas, todo parece igualmente excitante.

Se dirige a un centro en el que se imparten cursos de una conocida empresa internacional de buceo con cuyo carné -le siguen diciendo- no tendrá problemas en ninguna parte, pues su reconocimiento es mundial. Al fin y al cabo, todas estas empresas son muy parecidas y lo que le importa es no tener problemas.

Comenzado el curso, deposita toda su confianza en su instructor porque, para empezar, intuye sin llegar a racionalizarlo completamente que su seguridad dependerá en gran medida de él y, por ello, lo percibe casi como un ser semidivino que lo sabe y controla todo, lo cual le deja suficientemente tranquilo. Todo esto le da un poco de miedo y se aferra a su figura. Reacciones muy humanas y muy normales. Quizá nunca llegue a desarrollar un criterio que le permita juzgarlo realmente. O, quizá, sí.

Nuestro incipiente buceador, sin saberlo, ha optado por un sistema de buceo determinado. Este sistema tiene ventajas e inconvenientes, aunque él todavía no lo sepa. Las principales ventajas, resumidamente, son las que esperaba: que dedicará poco tiempo, poco esfuerzo y tendrá un resultado prácticamente garantizado (porque todavía no se tiene noticia de nadie que haya suspendido la prueba final). Y, lo más importante, ¡podrá bucear en cualquier parte del mundo! porque está lleno de centros, gracias precisamente a la popularización descomunal que este sistema que ha elegido sin saberlo ha permitido.

A pesar de que su certificación le habilita para bucear con un compañero de manera independiente, durante mucho tiempo frecuentará los centros de buceo incorporándose a los grupos que allí se organizan. Le tocarán todo tipo de compañeros: competentes, caóticos, simpáticos, intratables y algún extranjero con el que no se podrá ni comunicar. Afortunadamente, las inmersiones son muy seguras y no suele haber problemas, por lo que el compañero parece ser por el momento más una seguridad psicológica que un apoyo real. Al principio le molestarán principalmente aquellos que vayan a la suya y se separen de él. Cuando vaya cogiendo confianza, quizá el que se empiece a separar sea él.

Si todo va bien, sólo habrá tenido algún sustillo: algún ascenso incontrolado, una corriente con la que era difícil luchar, alguna desorientación, un día de mala mar o de mala visibilidad … y mucho frío. Casi siempre, mucho frío.

Como la actividad le ha enganchado, piensa en ampliar sus conocimientos y destrezas. Tratándose de una persona sensata, consideró no demasiado prudente hacer el curso «Avanzado» que le ofrecían en el centro casi a continuación del OWD, en el mismo paquete y con descuento. Decidió esperar a acumular en su bagaje unas inmersiones más para hacerlo.

Al hacer el «Avanzado», comprueba que, en realidad, no se trata de un curso que amplíe sus conocimientos y capacidades en bloque, sino de una suerte de «demostración» de partes del buceo que no logra entender qué tienen que ver entre sí: orientación, identificación de especies marinas, buceo nocturno, buceo desde barco (esa la descarta porque ¡siempre ha buceado desde barco!, etc.). Comprueba que, lejos de ser un curso «reglado» en el sentido lógico del término, es una muestra de algo que la organización de enseñanza denomina «especialidades» y no alcanza a comprender que la acumulación de éstas pueda constituir un verdadero nivel avanzado.

Y entonces empieza a intuir la fragmentación del sistema por el que ha optado sin saberlo: un curso muy básico seguido de infinitos y cortos cursillos de conocimientos y habilidades muy parciales. Parece que el dinero acumulado para hacerlos todos daría para una auténtica carrera universitaria.

Pensando que puede ser lo normal, decide hacer alguno. Aunque no desdeña lo interesante que se encuentra, en seguida decide que parece mejor acumular inmersiones que ese tipo de cursillos tan cortos sin fin. Al fin y al cabo, su competencia como buceador le parece más ligada al número de inmersiones que a esa enseñanza fragmentada porque observa que los veteranos lo son por el número de «horas de agua» y no por el número de cursillos. De hecho, ellos parecen desdeñarlos.

Muy ocasionalmente se cruza con algún buceador técnico. Se fija que algunos llevan su mismo equipo pero con muchas más cosas: más enganches, dobles botellas, más reguladores, más tráqueas, botellines, …. y unos pocos van todos iguales y con un equipamiento que parece salido de una película de terror. Todos hacen cosas que le parecen impensables para él. Otro mundo. Quizá algún día …

Pero, hete aquí que un día aparece a bucear con su grupo un buceador extraño. Lleva un equipo parecido, pero no igual al del resto. Como si estuviera a medio camino entre lo que él hace y algunos buceadores técnicos que ha visto.

Bucea con monobotella y un solo regulador pero lleva un ala con una placa y arnés en vez de un chaleco con bolsillos. Y porta un latiguillo de ¡dos metros!. ¿¡Pero para qué hace falta eso!? Eso lo llevan algunos buceadores técnicos ¡y vaya ud. a saber para qué! Y también lleva el octopus con un collarín y pocos enganches de esos … carabineros le dicen que se llaman. En fin … hay gente pa tó … pero no puede dejar de mirarle con curiosidad durante la inmersión. Y observa que tiene un control sorprendente de su flotabilidad. El tipo no se mueve ni un pelo cuando se queda quieto. Y nada con una horizontalidad casi perfecta empleando una patada parecida a la braza que sólo ha visto hacer a algunos instructores o a compañeros muy experimentados, además de otras habilidades que no entiende pará qué pueden ser útiles. «¡Ya está … debe ser el ala!» Inmediatamente asocia su futuro progreso a comprarse un ala.

Ya en el barco, intrigado pregunta a algunos veteranos sobre quién es aquél del equipo semi-raro. Con cierto desdén, los veteranos dicen que ése es de una secta … ¡bah! Y que todo eso que lleva no hace falta para hacer una inmersión recreativa.

Y tienen razón: evidentemente no hace falta, como prueba la inmensa mayoría de los que bucean y no van así. Sin embargo, la manera de bucear que ha visto dentro del agua le empujan a preguntarle. Sin duda tendrá cientos de inmersiones para haber adquirido ese control. Y una de las cosas que le dice es algo que no puede creer: ¡tiene menos inmersiones que él mismo! ¿¡cómo es posible ese control que no tienen muchos instructores!?

Aquí podría empezar otra fase de la trayectoria de nuestro buceador, si no se conformara con lo que tiene y decidiera profundizar en lo que ve. Pero requiere tiempo y dinero. Y encima le dicen que un curso «de esos» hay que hacerlo a medida, que no puede ir a un centro y contratarlo tal cuál. Muy caro y complicado. Se olvida de aquello.

Nuestro buceador permanece en el estado en que está y pronto ganará «experiencia» y se verá impelido a traspasar los límites que le coartaban y que ve que muchos como él traspasan.

Ello le llevará a considerar equipos más «seguros». Con el tiempo quizá se compre un chaleco de alas, porque no quiere renunciar a los bolsillos. O un ala con arnés de muchos enganches, porque añadirá mucho más equipo. Quizá se compre otro regulador y emplee dos alquilando botellas de doble grifería. Seguro que eso es ya casi una garantía de resolver cualquier incidente, piensa. Mejorará su técnica e intentará aprender por su cuenta esa especie de patada de braza que le parecía que hacían «los que saben».

Sus posibilidades aumentarán y, aunque seguirá respirando aire y nitrox, empezará a bajar cada vez más en lugares conocidos. Hasta cotas muy profundas, más allá de los 50 m alguna vez. Entrar «en deco» le resultará natural e inevitable. Cada vez las obligaciones descompresivas serán más largas, pero suele bucear por los mismos sitios siempre, las inmersiones que hace se las conoce al dedillo y, sobre todo, tiene un ordenador «fiable».

Algún compañero, que al principio le parece alarmista, le advertirá que va a tener un susto gordo, que por lo menos baje con un «pony». Le costará tiempo porque nunca ha tenido ningún incidente grave pero se lo comprará aunque, en ausencia de incidentes, se acostumbrará a usarlo para prolongar sus inmersiones.

Quizá le pique la curiosidad y considere hacer un curso de introducción al buceo técnico o de buceo profundo. Le han dicho que se emplean gases distintos de los que conoce aunque que son muy caros. Pero todo esto tampoco hace tanta falta, ¿verdad? Es capaz de ir a donde quiere. Decide seguir acumulando inmersiones como procedimiento indiscutible y seguro para mejorar.

Y pasarán los años …

Historia de un tropiezo

Nuestro segundo novato empieza de manera idéntica a su compañero anterior. Atesora -literalmente a juzgar por el celo con el que rellena su diario de buceo (log book)- ya algunas docenas de inmersiones. Sin embargo, siempre ha tenido la necesidad casi compulsiva de leer y entender más sobre buceo. Por ello, se ha metido en un conocido foro en el que participa gente de todo nivel. Le parece apasionante lo que dicen y saben algunos, aunque no entienda gran cosa todavía.

Ha tenido ya algunos pequeños sustos buceando y no se siente demasiado seguro. Pero, además de los incidentes debidos a su inexperiencia -que reconoce-, desconfía del buceo que le han enseñado y practica todo el mundo. De una manera todavía inconcreta, no ve fundamento a muchas cosas.

Es cierto que siempre ha ido sólo a bucear a los centros y que le han tocado compañeros muy variopintos. Y no ha tenido suerte con muchos de ellos. Pero su desconfianza le ha llevado a hacer unas probaturas que no han resultado nada satisfactorias: cuando le han asignado compañeros con experiencia, en determinadas circunstancias ha simulado problemas graves y estos, no sólo no le han ayudado, sino que ni se han enterado. Varias veces «se ha ahogado» ya en sus simulaciones. Sin accidente real que lo haya provocado, se asusta de una manera un tanto «teórica». Y deja de bucear una larga temporada.

Sin embargo, sigue leyendo todo lo que cae en sus manos sobre buceo. Lleva toda su vida queriendo bucear sin poderlo hacer debido a sus exigentes estudios y, en su fuero interno, no renuncia a tan maravillosa actividad, aunque sea en seco. Participa en varios foros especializados. Y allí, comienza a sentirse atraído por lo que escriben algunos a los que lee. Cierto es que son buceadores técnicos, inabordables desde sus conocimientos y pretensiones, pero empieza a entrever la racionalidad y coherencia que echaba en falta en el buceo que ha practicado hasta entonces.

Como participa muy activamente, finalmente acaba conociendo a algunos personalmente. Es generosamente aceptado y ellos le introducen en un sistema de buceo totalmente desconocido para él y muy distinto al que le habían enseñado. Todo tiene su porqué, la seguridad es concienzudamente considerada a unos niveles realmente sorprendentes, las habilidades que demuestran son inauditas para el nivel que está acostumbrado ver.

Y, lo que más le seduce, todo está relacionado encajando como un puzzle: teoría, habilidades, entrenamiento y material forman una unidad inseparable, de tal suerte que cualquier variación importante de una parte supone la modificación de la totalidad.

Pero sus aspiraciones son mucho más modestas y lejos está el contemplar siquiera la posibilidad de hacer buceo técnico. Sólo quiere volver a bucear de manera sencilla, sin salir del ámbito recreativo. Se sorprende cuando descubre que el sistema que tanto le seduce no es exclusivo del buceo técnico sino que, por el contrario, también contempla el buceo recreativo con monobotella.

Sin embargo, parece complicado asistir a un curso de este tipo de buceo. Al contrario de las facilidades que encontró al hacer sus cursos básicos iniciales, no hay centros que los impartan y es necesario -y carísimo- traer a España a un instructor extranjero, teniendo que organizar además toda la infraestructura que requerirá el curso (gases, material, barco, etc.). Imposible.

Afortunadamente, sus nuevos amigos ya han pasado por todo eso y, gracias a sus contactos, organizan un curso básico de fundamentos de una organización puntera en el buceo técnico. Organizado para únicamente dos parejas de buceadores, asistirá nuestro novato con un compañero al que ha conocido también a través de un foro y que, incluso, tiene menos inmersiones que él. Como le han advertido también que el sujeto del aprobado es la pareja y no el buceador individual, alberga fundadas dudas sobre el resultado final. La otra pareja serán dos instructores con miles de inmersiones cada uno. Piensa que todo es muy intimidante, la verdad.

Como le han advertido, al contrario que en su curso básico, poca gente aprueba el curso a la primera. Y es imposible aprovecharlo si no se llega ya bastante entrenado en las destrezas que se impartirán. Nuestro buceador novel piensa que es una contradicción entre tanta aparente racionalidad tener que aprender algo antes de que luego te lo enseñen, pero en fin … pasa horas en una piscina asesorado por sus nuevos amigos.

El curso resulta extraordinario desde todos los puntos de vista. Adquiere unas habilidades que ni sospechaba que pudiera aprender. Y todo aparenta tener una razón de ser.

A su compañero novatísimo resulta que se le da todo mejor que a él. Y, curiosamente, la pareja de instructores lo pasa peor. Mucho peor. Tienen más dificultades que los novatos para aprender nuevas técnicas. Ellos también ven sorprendidos -y algo frustrados- que los otros compañeros (que para ellos entran en la categoría de pipiolos) se adaptan mucho más fácilmente a la nueva técnica. A ellos les cuesta porque llevan tantos años haciéndolo de otra manera que parece que sólo tienen vicios. Tienen que desaprender mucho de lo que sabían y aprender lo nuevo. Y esto no resulta el doble de trabajo, sino mucho más, porque desaprender es mucho más difícil y costoso que aprender.

Lo mejor es que a él no le pasará como a la pareja compañera de curso ya que lo que le han enseñado le servirá si quiere proseguir hacia el buceo técnico: incorporará muchas más cosas y perfeccionará todo pero utilizará sin ninguna modificación lo que ha aprendido. No tendrá que cambiar nada: le servirá el mismo material, los mismos protocolos, las mismas habilidades. Se sumarán cosas, pero no habrá que desandar ningún camino. Y si decide no proseguir, estará dotado para el buceo recreativo de unas habilidades y formas de hacer impensables para él cuando empezó.

El curso acaba con éxito para todos, no resultando ser el aprendizaje de la técnica, de los protocolos o de la teoría lo más importante … sino un cambio de mentalidad que se produce como un fogonazo en su cabeza. Y en la de todos los asistentes al curso.

Posteriormente seguirá buceando en el ámbito recreativo o quizá se adentre en el buceo técnico al que nunca aspiró llevado en volandas por sus nuevos compañeros. Pero ahora ve el buceo de otra manera y lo verá así para siempre.

6 comentarios sobre “

Los caminos del aprendizaje

Primera parte:

DOS HISTORIAS DESIGUALES.

  1. Ciertamente me veo representado en los dos supuestos. Una pena que no tuviera la información que tengo ahora.La de dinero que me hubiera ahorrado y de tiempo también.
    Menos mal, que un día apareció una persona que de forma totalmente altruista me ofreció su ayuda.Una ayuda total y prácticamente sin horario.Una total bendición.
    Los dos sabemos de quién hablo.

  2. Ese novato, del cual el autor de este Blog habla, sería una gran comercial de la famosa agencia de buceo técnico que el autor hace mención… 😂😂
    Por cierto, el autor de este comentario si suspendió a una candidata a OWD. Imagino que la candidata sigue infinitamente agradecida con el autor de este comentario por seguir con vida gracias a ese suspenso. 😉
    Un fuerte abrazo!

  3. Gualdrapa, me parece que el texto está exquisitamente expuesto y que efectivamente, aquellos que hayan querido profundizar en el buceo se habrán visto, muy probablemente reflejados en alguna de las historias. Leeré sin duda la segunda parte.

    Estoy de acuerdo en que la formación inicial de un buceador, al menos la impartida por las grandes agencias recreativas, presenta muchas carencias. Sin embargo, me choca que plantees casi todo este artículo con un claro desbalanceo hacia el control de la flotabilidad que obtiene un perfil y otro de buceadores. Por irme a los extremos, simplemente porque así quedará más clara mi postura, ¿cuál es el problema real de la flotabilidad de esos instructores con miles de buceos? Creo que reflexionando, todos conocemos instructores (por seguir con este caso extremo) que no saben aletear con una patada de rana modificada, cuya flotabilidad puede cambiar ligeramente arriba y abajo (con margen más que suficiente para no pegar cn nada) o que simplemente no se despeinan por romper la postura del superman para mirar hacia atrás o inspeccionar una oquedad, ¿son realmente esas destrezas requeridas en buceo recreativo? Mi opinión, como puedes intuir, es que en la mayor parte de casos (excluyamos casos especiales, mucho menos habituales pero más complejos, que puedan estar en el límite entre lo recreativo y lo técnico) dichas destrezan no dan un valor añadido, más allá de la satisfacción de uno mismo por perfeccionar su flotabilidad/aleteo (ojo, me parece perfectamente legítimo como una forma de divertimento más, por la cual yo mismo he optado).

    Como reflexión personal, en buceo recreativo (posiblemente en casi todos los aspectos de la vida, pero no es plan de divagar más) parece que muchas veces la gente busca competir, ver quien es el «mejor». Unos porque tienen una flotabilidad exquisita, otros porque consumen menos, otros porque han bajado más metros, otros porque encuentran más bichos raros… para mí, y afortunadamente otros compañeros comparten esta opinión, el «mejor» es el que más disfruta, siempre y cuando lo haga de una forma segura y respetuosa con el medio. Ninguno de estos dos puntos anteriores requiere, en el buceo recreativo convencional, una flotabilidad tan perfecta como la que se vende en estos cursos, los cuales me dan la sensación de que generan una falsa necesidad.

    1. Gracias por el comentario.

      La elección del ejemplo de la flotabilidad no es casual porque una buena flotabilidad es el cimiento sobre el que se construye el resto de la técnica de buceo. Sin buena flotabilidad, no hay nada después.

      En el caso del recreativo, podríamos distinguir entre instructores y buceadores. Para estos últimos, poco se requiere para disfrutar. Estoy de acuerdo en que una flotabilidad exquisita no es imprescindible, aunque tampoco sobra.
      Pero, ¿dónde ponemos el límite por abajo? Sobre todo cuando se comprueba que aprender a tener una muy buena flotabilidad es un problema de sistema. No es dificil adquirirla con el entrenamiento adecuado. Y los beneficios son enormes en todos los sentidos.

      El caso de los instructores es distinto. Un instructor que se tumba en el fondo para ver una anémona no es de recibo. Ellos son el ejemplo y la referencia y, en mi humilde opinión, sí debieran tener todos una flotabilidad exquisita. Aunque no la necesiten porque no vayan a hacer una deco de una hora en el azul. Exactamente igual que cualquier profesor, que debe estar muy por encima del nivel que imparte en su asignatura.

      El problema es que el nivel de introducción es tan bajo, que parece que vale todo. Y no nos damos cuenta que en gran medida esa formación básica constituye la única que recibirá la mayor parte de la gente.

      No se trata de dar exhibiciones de flotabilidad. Ni de crear una necesidad inútil y artificial. Ni de competir. Se trata de que el buceador tenga el mayor nivel posible en la que probablemente es la habilidad más importante y definitoria de su nivel de buceo. Y de sus posibilidades a corto y medio plazo, si desea progresar.

      Un saludo cordial.
      G.

      1. En el fondo estamos de acuerdo, la diferencia, como apuntas, es «¿dónde ponemos el listón?» tú lo pones algo más alto que yo pero en cualquier caso ambos estamos de acuerdo en que la flotabilidad que se estila en recreativo es paupérrima.

        Es cierto que a los instructores hay que exigirles más, efectivamente deben ser un referente y un instructor que se apoya en una anémona da un nefasto ejemplo. Nótese que en mi comentario original deslizaba que se podía relajar la flotabiliad pero siendo i) seguro y ii) respetuoso con el medio, luego ese tipo de intructor no es bueno para mí.

        Muchas veces parece que se mira con desdén a quien no adopta una postura y un trimado perfecto, incluso cuando no es necesario (el ejemplo vendrá después). Al final esos radicalismos, que suenan a sectarismo, generan una tensión innecesaria entre diferentes perfiles de buceadores. Voy a poner un ejemplo común en inmersiones recreativas, un guía que se da la vuelta, se pone en posición «sentada» y va mirando al grupo mientras aletea en rana hacia atrás (espero que se visualice la posición que digo). Ese tipo de comportamiento, que se sale del trimado y aleteo «ideal» promovido por las agencias técnicas, si se realiza a un par de metros del fondo no tiene nada de malo – al menos nada que yo alcance a ver- pero se clasifica por algunos como falta de técnica.

        No voy a continuar la discusión por aquí, no me siento cómodo con estos medios porque la discusión – aunque disfrutrable- sería infinita, pero sí aprovecho la oportunidad para felicitarte por el blog, que es de los mejores textos en castellano sobre buceo (y casi te diría que en inglés pocos veo de este nivel).

        1. Gracias de nuevo por la respuesta.

          Creo estar de acuerdo en lo esencial.
          Y también en que existe una especie de sacralización indebida de la postura horizontal.
          El «trim» tiene sentido … cuando lo tiene. Y, entrenamientos a parte, no veo porqué un instructor no puede darse la vuelta y nadar vertical un momento para controlar al personal.

          Este blog creo que se caracteriza porque se intenta ser escéptico como regla general. Aunque se tengan criterios y preferencias claras. Pero los dogmas los dejamos para otros. Aunque sin querer podamos caer alguna vez en alguno, se intenta no hacerlo.

          Un saludo de nuevo.
          G.

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