¡Qué deteriorado está el ambiente, que ya sólo nos queda medio!

Independientemente del extravagante sentido del humor que el Autor pueda tener -y que al parecer sólo a él divierte-, es claro que todo buceador debe tener la intención y la OBLIGACIÓN de preservar el medio subacuático en el que realiza su actividad. Pero, como indica el antetítulo de este artículo «Los involuntarios hijos de Atila» y como veremos a continuación, ello no es sólo una cuestión de intenciones.

El problema

Es muy probable que el lector haya buceado en mares de corales. En tal caso, habrá podido observar algún aletazo, roce, aproximación o apoyo de alguien que haya producido la rotura de un coral. Por ello, en muchos viajes «de vida a bordo» a zonas coralíferas protegidas se exigen unos requisitos mínimos de competencia e, incluso, se hace una inmersión de prueba el primer día (aunque, por mal que se bucee, el que escribe nunca ha visto que se prohíba sumergirse a nadie, una vez allí).

Este tipo de alteraciones evidentes y dolorosas, no son lo único destructivo. Otras en las que ni nos fijamos, son también indeseables y demasiado frecuentes. Obviamente, esto sucede por falta de técnica. Pero el problema no acaba en la gente novata.

En el siguiente vídeo -ejemplo de lo que pasa por normal y acontece en casi cualquier inmersión recreativa- se puede observar simplemente a un instructor con su alumno mirando una anémona.

Esta escena pasaría totalmente desapercibida en cualquier inmersión. Precisamente por ello parece interesante analizarla.

El alumno -obviamente novato- es incapaz de quedarse quieto fiando su posición general al movimiento de sus aletas y sus manos. Cuando acaban, la anémona se libra por un tentáculo de llevarse un aletazo del novato al irse.

El lector pensará que es cruel y hasta despiadado poner un ejemplo así con un novato como protagonista. Pero es que el protagonista es el instructor. El novato y la anémona son sólo víctimas.

Para empezar, el instructor da un bonito ejemplo de falta de técnica y respeto al medio posándose en el fondo con rodillas y piernas. Apoya las aletas en las rocas con total despreocupación. Quizá algún maravilloso y casi invisible nudibranquio haya pasado a mejor vida por ello.

En segundo lugar, no corrige en ningún momento los intolerables manotazos para equilibrarse del novato, por lo que se presupone que estos permanecerán en su repertorio técnico mucho tiempo, quizá para siempre. Finalmente, abandona el lugar dando algún rodillazo en el fondo como despedida.

Como se dice, este tipo de cosas no es que sean frecuentes, es que lamentablemente son lo habitual -siempre con meritorias excepciones- en el sistema de buceo y enseñanza al uso.

La alteración «a distancia»

En este blog se alude frecuente e insistentemente acerca del problema que supone bucear durante años con los mismos conocimientos y técnicas que se recibieron en el curso básico, mejorados únicamente por una repetición autodidacta a lo largo de mucho tiempo.

La vida existente en el fondo es muchísimo más rica y variada de lo que aparenta a simple vista. Un fondo arenoso aparentemente yermo suele contener un sinnúmero de formas de vida.

El lector debe fijarse en que la patada de tijera (flutter) que se hace en el ámbito recreativo es capaz de levantar y alterar un fondo arenoso aunque se esté nadando varios metros por encima y no se llegue a tocar. Ello es porque el flujo del agua que desplaza este tipo de patada es en gran medida vertical, fenómeno no sólo debido a la técnica de la patada con las piernas extendidas, sino también a la ineficiente posición habitual del cuerpo, tipo «hippocampus», con un notable ángulo respecto de la horizontal, desequilibrado por el cinturón de lastre.

Quien escribe ve con pena a compañeros que, a veces con cientos de inmersiones a sus espaldas y sin haber salido de la técnica recreativa, alteran todo aquello por donde pasan. Incluso apoyan aletas y manos, si desean pararse a observar algo, siendo incapaces de mantenerse inmóviles en flotabilidad neutra. Insisto: con CIENTOS de inmersiones a sus espaldas y a veces con unas titulaciones -o certificaciones stricto sensu– que asustan. Y lo que es peor, a veces certificados para enseñar a otros.

¿¿Cómo es esto posible??

Las herramientas

Lo estático

Para no incurrir en este tipo de problemas, es evidente que hay que tener el mejor control posible de la flotabilidad propia, entendiéndose ésta no sólo como el control necesario para mantenerse a una determinada profundidad en general, sino para mantenerse además en la posición que se desea.

Y ello de una manera ESTÁTICA, puesto que este tipo de control frecuentemente se suele «conseguir» mediante el movimiento de las aletas e, incluso, brazos y manos de tal suerte que si éstos se quedan totalmente inmóviles, el buceador no es capaz de mantener su postura y posición sin esa ayuda.

Conseguido el equilibrio estático, el siguiente paso es tener una técnica de aleteo adecuada a cada circunstancia, que permita desplazarse sin alterar nada.

Lo dinámico

Y, en este sentido, hay dos cuestiones a considerar: la dirección del flujo del agua que cada tipo de patada produce y la amplitud de ésta.

La patada

El flujo de agua

Como se ha dicho anteriormente, la patada de tijera recreativa -muy potente y efectiva en distancias cortas- es inadecuada para no alterar el fondo debido a los flujos casi verticales de agua que desplaza, potenciado este efecto por la inclinación respecto de la horizontal que casi cualquier buceador recreativo adopta al nadar, frecuentemente penalizado por la posición del cinturón de lastre y el sobre peso innecesario que en él se suele portar.

La patada de tijera «técnica» -aunque en opinión de quien escribe debiera ser universal-, se produce con el cuerpo en la horizontal, las piernas dobladas entre ángulos de 90º y 120º respecto de ésta y un movimiento de tobillos y únicamente de la parte tibial -sin apenas mover los muslos- que propende a producir un flujo de agua sensiblemente horizontal.

Así mismo, la patada de tijera obtiene el mismo resultado: un flujo horizontal.

Si bien es cierto que estas dos patadas son menos efectivas por los grupos musculares involucrados que la típica patada de tijera en la que predomina la fuerza de los cuádripceps e isquiotibiales, es necesario conocerlas para el propósito que nos ocupa, siendo imprescindibles en determinados entornos. (Dicho esto y además de las características físicas de cada buceador, la efectividad de esta patada es dependiente del tiempo debido al gran volumen y energía que consumen estos músculos, opinando mucha gente que, en distancias largas, acaba siendo más eficiente la patada de rana).

¿Pero esto no es para buceadores técnicos? Lo era. Pero afortunadamente se empieza a comprender que todo ello debe pertenecer a las bases de todo buceador desde el principio. Por esta razón ya hay alternativas a la enseñanza habitual en las que estas técnicas se aprenden desde el primer día de piscina. Sirva este blog para difundir este propósito.

La amplitud

Aunque se realice una patada con absoluta corrección y el flujo del agua que se desplace sea así mismo el correcto, la amplitud del movimiento requerido para hacerla requiere de un espacio que puede ser insuficiente en determinados sitios estrechos o cuando se tiene que bucear con demasiada aproximación a fondos o paredes. Esto hace que inevitablemente se golpee lo que se tiene alrededor con las aletas, produciendo cieno y alterando la vida pequeña que pueda haber en ellas.

Es por ello que existen unas modificaciones de las patadas principales que, aunque más ineficientemente, permiten desplazarse por sitios estrechos sin tocar los límites, a base de movimientos muy cortos y rápidos. La patada de tijera modificada (modified flutter kick) o la patada de rana modificada son estas variantes que no son nada difíciles de aprender una vez se sabe ejecutar sus hermanas mayores, de tijera y patada de rana.

¿Es esto importante en el ámbito recreativo sin techo en el que se supone que se bucea en aguas abiertas y sin restricciones? Pues sí. Porque, en la práctica, todo buceador recreativo acaba metiéndose en agujeros, entre rocas y en otros entornos donde debieran emplearse este tipo de técnicas. O acaba buceando en mares coralinos. Y no hablemos de meterse en pecios o cavernas o, incluso, cuevas aunque sea sin perder la luz de la entrada y a las distancias máximas permitidas por las legislaciones públicas o las recomendaciones de las agencias de enseñanza (que, en opinión de este Autor, debieran ser igual a cero).

En el siguiente vídeo se muestra un ejemplo de estas necesarias técnicas recreativas, únicamente a modo ilustrativo.

¿Quiere todo esto decir que no se puede emplear la patada de tijera habitual? No. Quiere decir que se deberá emplear en momentos y entornos determinados (por ejemplo, nadando en el azul o lejos del fondo). Pero prevengo al lector que quiera aprender estas técnicas: acabará utilizando la patada de rana sistemáticamente por su eficiencia a medias y largas distancias, dejando la patada de tijera tradicional relegada únicamente a sprints o aceleraciones súbitas que una emergencia o situación similar requiera.

La conciencia del derredor

Por último, se tratará de la que probablemente sea la habilidad más difícil y de la que nunca se habla en ninguna parte: la conciencia de la posición propia en el entorno.

Esta conciencia no se refiere a la consideración de la importancia del medio ambiente o de la necesidad de no alterar el entorno subacuático en el que se está, sino a la conciencia de la posición que nuestro cuerpo ocupa respecto de lo que tengamos en nuestro derredor inmediato. Y es algo difícil. Pero hay que intentarlo y trabajarlo.

El empleo de máscaras en el buceo restringe el campo visual al que estamos acostumbrados en superficie. Es como ir con orejeras, por mucho que empleemos máscaras con cristales laterales y de silicona transparente -que no aportan absolutamente nada al campo visual en realidad-. Además de ello, el equipamiento que se lleva también restringe la movilidad del cuello y de la cabeza, haciendo algo más incómodo mirar a otro lado y hacia nuestro derredor inmediato.

Es por ello que buceando es mucho más difícil que en superficie tener un mapa mental de nuestro cuerpo situándolo en medio de lo que nos rodea. Y ello no es sólo por un problema de restricciones físicas, como se dice, sino también porque exige una voluntariedad que no se enseña ni trabaja. (Este fenómeno queda inserto en algo mucho más general que se tratará en un próximo artículo de este blog).

Así pues, deberemos hacer un esfuerzo por -por ejemplo- imaginarnos, respecto de nosotros y nuestras aletas, la posición del coral de fuego que acabamos de pasar y que ya ha salido de nuestro campo visual, para tomar las medidas de aleteos, flotabilidad y posición del cuerpo que aseguren no romperlo o alterarlo. Y esto se entrena, aunque antes de desarrollar esta capacidad, hay que ser consciente de su necesidad. Para ello existe este blog.

Corolario

No basta con no alterar conscientemente la vida subacuática. No basta con no tocar ni intentar extraer de su guarida al pulpo que tenemos delante. No basta con no dar de comer a los peces con los que nos encontramos. Ni basta con tener la voluntad general de no alterar el medio acuático. Todo esto está muy bien y es imprescindible, pero queda una cosa: lo involuntario, porque lo que se estropea sin querer hacerlo no es poco, precisamente.

Es necesario dotar al buceador de unas herramientas mínimas para que no altere el medio involuntariamente.

Y estas herramientas no se dan en la formación recreativa corriente (sí en otros sistemas).

El aprendizaje de la flotabilidad estática y de diferentes patadas no sólo tiene un sentido «técnico» a aplicar en otros tipos de buceo más complejos, sino que algunas son imprescindibles para bucear en determinados entornos sensibles. Incluso se diría que en cualquier entorno.

Se puede llegar a entender que, en el contexto de unos poquísimos días e inmersiones en los que se desarrolla un curso básico que tiene por objeto lanzar al agua al máximo número de buceadores en el mínimo plazo y al mínimo costo, no se enseñe otra cosa que la flotabilidad imprescindible para no irse descontroladamente a superficie y la consabida -y potencialmente destructiva- patada de tijera recreativa (que no se enseña realmente porque se supone que todo el mundo sabe hacerla).

Lo que no entiende es cómo inmediatamente después de esa formación básica no se planifican cursos en que todo esto se aprenda, ya que debiera constituir una parte importante de los cimientos de cualquier tipo de buceo. Afortunadamente, ya empiezan a desarrollarse otros sistemas de aprendizaje alternativos que esperemos se generalicen.

Aunque clamando en el desierto una vez más, sirva este artículo para evidenciar el problema e intentar concienciar de él al buceador.

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