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El Autor no es muy dado a referir cuestiones personales. En este caso, ello es inevitable pero debe quedar claro que el encuentro con una esfera gelatinosa viva de casi metro y medio muy pocas veces vista en el mundo, por muy excepcional que fuera, en sí carece de todo interés ya que fue una simple casualidad.

Lo interesante fue lo que ocurrió después.

Inaudito encuentro con una esfera gelatinosa viva

La historia comenzó una semana antes del encuentro. En agosto de 2018, buceando en la cara noroeste de la isla Dragonera en Mallorca, quien esto escribe observó una columna de luz vertical muy potente, procedente del fondo oscuro y profundo, que en aquel momento le pareció “un faro de embarcación encendido y orientado hacia arriba”. Extrañado -puesto que una luz así no es autónoma ni sumergible-, bajó hasta encontrar lo que sorprendentemente resultó ser una anémona luminiscente en un fondo muy profundo, que producía una luz de tal intensidad que casi hacía daño a los ojos mirarla de cerca. Increíble.

Sin posibilidad de fotografiarla ni de acreditar nada y un poco frustrado por ello, volvimos durante esa semana en dos ocasiones a la misma zona, ya provistos de una pequeña cámara GoPro, intentando dar con la anémona y esperando que su estado luminiscente no hubiera acabado. Lamentablemente, no fue así y no se la pudo localizar.

Sin embargo, en uno de los intentos y a la vuelta de una roca había algo insólito. A unos 50 m de profundidad había una enorme esfera de aspecto gelatinoso, suspendida en completa flotabilidad neutra a un metro escaso del fondo y separada de la pared, con una suerte de núcleo alargado dispuesto diametralmente en su interior.

Sin tener la menor idea de lo que podía ser aquello, extendí los brazos intentando establecer una medida aproximada de su diámetro y la toqué con cierta precaución pues no sabía si era algo vivo o sensible. Medía algo menos de metro y medio de diámetro y su tacto y consistencia eran gelatinosas. Tenía un colgajo de apariencia también gelatinosa.

Me dispuse a fotografiarla ya que esta vez sí iba con cámara por los motivos anteriormente mencionados. Una vez obtenidas unas fotos y un video, con el foco hice señales a mis compañeros para que bajaran a verla con precaución ya que el aire que respiraban no era lo más adecuado para esa profundidad. Ellos “picaron” para verlo, lo que fue aprovechado para hacer alguna fotos más con ellos de fondo (1), dando escala al tamaño de la esfera.

Realizadas las fotos y ya impelidos por el sustancial tiempo de descompresión que nos esperaba, iniciamos sin más dilación el ascenso. Afortunadamente, el encuentro había tenido lugar en los primeros compases de la inmersión y, recalculada la deco, no habría problema ni de gas ni de tiempo.

De vuelta a tierra

De vuelta en el centro de buceo y sin tan siquiera desvestirme, mostré las fotografías a sus dueños (ambos biólogos marinos) (2) y a algunos buceadores locales amigos, muy familiarizados con la fauna de la zona (algunos autores de libros publicados sobre ella). Nadie tenía la menor idea de lo que podría ser.

Las preguntas a unos y a otros se sucedieron en los siguientes días. Por intermediación algunos compañeros del centro, las fotos se remitieron a varios expertos, centros de biología marina balear y a la universidad. Nadie sabía qué podría ser aquello.

Pasaron algunos días más hasta que alguien (no acabé de saber quién) mandó una página de una revista extranjera con una foto de una esfera casi idéntica a la que habíamos visto. Se trataba de un llamamiento de un instituto de ciencias marinas noruego que estaba intentando determinar qué eran algunas esferas gelatinosas –muy pocas-, que se habían observado, casi en exclusiva, en el Atlántico Norte. Mencionaba la sospecha de que se podía tratar de algún tipo de huevo de calamar.

¿¿Un huevo de metro y medio de diámetro de un calamar?? ¿Qué tamaño tendría que tener el bicho para poner un huevo así? ¿Un Architeuthis? ¿en el Mediterráneo? La imaginación se puso a volar.

El llamamiento contenía una dirección de correo electrónico a la que inmediatamente enviamos las fotos y el vídeo que habíamos obtenido unos días antes.

Menos de un cuarto de hora después de haber enviado las fotos, se recibió una llamada telefónica procedente del Sea Snack Norway, en la que una voz femenina -que se identificó como Halldis Ringvold, responsable de la investigación- nos pedía con aparente nerviosismo que volviéramos lo antes posible al mismo sitio donde vimos la esfera para intentar obtener un poco de tejido, congelarlo y enviárselo urgentemente a Noruega con el objeto de realizar un análisis genético que permitiera saber de qué animal procedía la esfera, ya que en ninguno de los pocos avistamientos anteriores se había logrado obtener una muestra y llevaban años intentando conseguir una para identificar la especie.

Ver una medusa a la deriva y pretender días después volver al mismo sitio con la esperanza de verla de nuevo parece cosa vana. A pesar de ello y en un alarde de optimismo absurdo, volvimos con el resultado esperable: ni rastro de la esfera. El Autor se reconcomía por dentro pensando que él mismo la había tenido en sus manos pudiendo haber obtenido la tan perseguida muestra sin ningún esfuerzo. Pero el desconocimiento es así.

Pero la cosa no acabó ahí …

El asunto pareció acabar en ese punto. Sin embargo, meses después recibimos un correo electrónico de Noruega pidiendo autorización para utilizar nuestras fotos en la publicación de un artículo que intentaban viera la luz desde hacía ya demasiado tiempo y que habían decidido concluir aun sin las perseguidas muestras e identificación consiguiente. Si se les daba el permiso, nos enviarían un borrador confidencial del texto para que comprobáramos qué era lo que se estaba haciendo y en dónde se incluirían nuestras rarísimas fotos. Por supuesto, obtuvieron su autorización.

En el borrador de artículo que enviaron, se recogían los avistamientos de los que se habían tenido noticia, muy escasos y casi todos sin documentar gráficamente.

En dicho documento había un cuadro en el que se recogían datos de los avistamientos habidos hasta ese momento, llamando la atención de quien esto escribe que las esferas avistadas estaban siempre entre 20 y 50 m de profundidad.

Empieza lo interesante …

Un intercambio de correos nos permitió entender que el llamamiento se estaba haciendo a universidades y centros de biología marina, fundamentalmente de la zona atlántica (en el Mediterráneo español se tenía noticia de sólo un avistamiento anterior, según se nos refirió).

La conclusión que sacamos es que se estaba errando el tiro: no es que las esferas estuvieran en el rango de profundidad entre 20 a 50 m, sino que eran los buceadores los que estaban en ese rango. Por ello, sugerimos a los noruegos hacer una campaña entre buceadores y centros de buceo recreativo, para lo cuál  confeccionamos un cartel en español y en inglés, que luego ellos tradujeron posteriormente a varios idiomas más y que fueron enviados a diferentes paises y difundidos por las redes sociales.

Apurando al límite las posibilidades a nuestro alcance, se organizaron sobre este tema algunos programas de radio de “Al Otro Lado del Espejo”, de AOLDE Radio (3), contando incluso en alguno con la participación en directo de los propios noruegos. En este programa se auspicia un tipo de colaboración llamada “Ciencia Ciudadana”, consistente en hacer partícipe de proyectos científicos serios a la población en general no especializada.

El artículo

Durante los meses siguientes y mediante una lista de correo creada al efecto, fuimos constatando el éxito de la iniciativa a escala internacional: en el 2019 un número inusitado de avistamientos se produjeron, se documentaron y … se consiguieron las tan deseadas muestras.

Tras un arduo y complejísimo proceso de revisión científica, dos años y medio después de nuestro avistamiento, finalmente el artículo ha visto la luz muy recientemente (el 30 de marzo de 2021). Y no en una revista científica cualquiera, sino en NATURE. Los autores han tenido la amabilísima deferencia de citar a todos los diferentes intervinientes (científicos, buceadores, divulgadores, etc.).

Pulsando el siguiente enlace, el lector podrá leer a continuación el artículo completo, quedando sólo por decir sobre el misterio, quién era el asesino.

Enlace al ARTÍCULO EN «NATURE»

El resultado

El resultado fue mucho menos épico de lo esperado. No se trataba del monstruo marino que el tamaño del “huevo” presagiaba, o de un Architeuthis. Ni de una especie desconocida de las profundidades. Era una puesta de un tipo de calamar de nombre científico Ilex Coindetii, de la familia Ommastrephidae, llamado en el sur de España “pota”, calamar de aleta corta del sur o calamar de cola corta. Muy común, se encuentran en el mar Mediterráneo y en ambos lados del norte del Océano Atlántico. No era un huevo sino una puesta colectiva, de la que, al parecer, se desconocía todo.

Probablente el Autor no volverá a encontrar nunca algo así. Pero, aunque no le gusta demasiado la fotografía subacuática, ahora lleva siempre una pequeña cámara en un bolsillo. Nunca se sabe qué maravilla nos estará esperando a cada uno de nosotros bajo el agua.

(1) – Compañeros: Juan Allendesalazar y José Bilbao.

(2) – Centro de buceo ZOEA MALLORCA. Dueños: Mª José & Luis Comenge.

(3) – «Al Otro Lado del Espejo» – AOLDE Radio – de Raúl Frisuelos «RolFreeman».

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¿El «Kraken» en el Mediterráneo?

RELATO DE UN HALLAZGO IRREPETIBLE.

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