Barón de Münchhausen
Puedes compartir el contenido en:

Quizá al lector pueda extrañar que elegir instructor de buceo pueda tener que ver algo con el antetítulo de este artículo: la coleta de Münchhausen.

Barón de Münchhausen
Barón de Münchhausen

El barón de Münchhausen es un personaje ficticio (basado en alguien que existió) que aparece en una novela de de Rudolf E. Raspe titulada «Las aventuras del Barón de Münchhausen«.

En su quizá parte más conocida, el Barón se interna a caballo en una ciénaga de la que no puede salir. Entonces, tira con la mano de su propio cabello o coleta, elevándose en el aire tanto él como su montura, saliendo de la trampa de cieno.

Esta imagen imposible ilustra con notable acierto la situación de una persona que quiere iniciarse en el buceo y que tiene que elegir instructor.

A continuación veremos porqué.

Elegir instructor de buceo

Cuando alguien que pretende aprender a bucear pregunta sobre dónde acudir para ello a buceadores formados, casi indefectiblemente obtiene la misma respuesta: «lo importante no es el centro ni la agencia. Lo verdaderamente importante es el instructor. ¡Busca un buen instructor!».

El Autor siempre escuchó estupefacto este tipo de afirmaciones que ignoran la correlación entre instructor y estructura docente, independizando al primero casi completamente de la segunda.

Más adelante veremos porqué esto es un error en términos generales y qué podría justificar esta extendida creencia.

El problema y la clave

¿Para qué acude a un curso de buceo alguien que desea bucear? Obviamente, para aprender. Porque no sabe nada. O muy poco.

Es decir, su desconocimiento e inexperiencia hace que no pueda tener ningún criterio mínimamente sólido sobre la actividad. Ésa es la palabra clave: CRITERIO.

Precisamente acude al curso para adquirirlo, cosa que no es inmediata, sino que se consigue -en el mejor de los casos porque hay gente con muchas inmersiones que no lo ha logrado- con formación, experiencia y conocimiento. Sin estas tres premisas, no puede haber criterio.

Y entonces, llegamos a la paradoja de Münchhhausen. El potencial buceador, que por definición carece de criterio, tiene que elegir con criterio un docente que le instruya para … formar su criterio.

Un imposible idéntico al barón que se saca así mismo y a su caballo del pantano tirando de su propia coleta. Simplemente, no se puede.

Y, sin criterio ¿cómo se puede elegir a alguien?

El lector inmediatamente pensará que se debería preguntar a compañeros que ya pasaron por el trance, más avanzados. Y con ello, llegamos a la habitual solución: la fe. O la confianza, si se prefiere. Conceptos ambos que se basan en cuestiones generalmente emocionales y en signos externos, que pueden llevar a engaño.

Esto pasa en muchos aspectos de la vida, no sólo en el buceo. Piénsese en elegir médico ante un problema de salud.

Pero aquí volvemos al punto de partida: tendremos que tener algún criterio para saber a quién preguntamos, porque si el elegido tampoco tiene demasiado conocimiento (aunque al novato le pueda parecer lo contrario ya que en esas etapas pequeñas diferencias se perciben como abismales), la respuesta tampoco estará fundamentada. Habría que advertir en contra del «amimeísmo» (pues a mí me han dicho, a mí me gusta, a mí me parece, ….), es decir, en contra de la elevación de una situación concreta percibida desde lo personal a la categoría de verdad universal.

De hecho, el Autor constata una y otra vez al preguntar a recién certificados que estos opinan que todos sus instructores son verdaderos super héroes. Es muy difícil encontrar a alguien que opine algo desfavorable de su primer instructor y casi imposible que lo argumente. Esto es un recurrente fenómeno ya comentado en una anterior artículo titulado «Los caminos para aprender a bucear. Segunda parte: LA «OPCIÓN INEVITABLE»«.

Ello sólo parece fundamentado en el trance psicológico de iniciarse en algo que se percibe como arriesgado y poner la propia seguridad (¿la vida?) en manos de alguien. Dejemos la última explicación a los psicólogos.

Lo constatable es que, generalmente, para el buceador que empieza -y durante mucho tiempo hasta que logra construir suficiente criterio-, su instructor es el mejor, como sus aletas son las mejores. No ha probado casi nada más, no entiende todavía su funcionamiento, pero aconseja ambos con idéntica vehemencia.

El lector argumentará que se puede consultar a alguien con mucho nivel. Evidentemente, ello es preferible. Cuanto más nivel -real-, mejor será la recomendación, probablemente. Pero ello no está exento de obstáculos. Por ejemplo, encontrar a quién preguntar y determinar el nivel del inquirido, para lo cual también se requiere CRITERIO. Porque para alguien ajeno al buceo ¿dónde hallar los expertos a consultar?

Ello exige al aspirante una auténtica labor de investigación que, si bien no es imposible que alguien ajeno al mundo del buceo la realice, en términos generales si lo es.

La acreditación para enseñar ¿garantiza algo?

El lector argüirá que si el instructor elegido está acreditado por una entidad de enseñanza, dicha acreditación asegura una determinada competencia.

Aunque ello debiera ser siempre así, quien tenga alguna trayectoria en este mundillo sabe que esto no siempre ocurre. O mejor, que numerosas veces no ocurre, porque no es nada inhabitual, luego se verá porqué.

Pero, en cualquier caso, hemos llegado al siguiente escalón que nos interesaba: las organizaciones y el sistema de buceo.

Habíamos comenzado enunciando la extendida opinión de que ni organizaciones ni centros tenían ninguna importancia, porque lo que contaba era el instructor. Pero hemos llegado al punto en que son precisamente las organizaciones y el sistema de buceo quienes deben garantizar de alguna manera al buceador novel -que recordemos, no tiene criterio propio-, que el instructor que busca tiene el mejor nivel posible. Luego profundizaremos en esto.

Como se ha visto, si bien la elección individual de instructor puede ser más o menos exitosa, en términos generales cuenta mucho más una organización de enseñanza y un sistema de buceo solventes.

Esta idea no resulta extraña. Pero entonces ¿por qué se insiste una y otra vez en la importancia casi exclusiva del instructor?

Sin garantías y, además, con limitaciones

Se acaba de afirmar que las organizaciones de enseñanza deben garantizar que todos sus instructores tienen un nivel mínimo requerido. Pero requerido ¿para qué? «¡Pues para que va a ser! … ¡para aprender a bucear! ¿No es obvio?» pensará el lector. Pues no es tan obvio. Porque, a lo peor, el objetivo no es formar buceadores autónomos sino sólo dotar de unos mínimos conocimientos y habilidades para, en tiempo record, esfuerzo corto, exigencia mínima y a costo bajo, echar al mayor número de alumnos al agua. Y esto es muy diferente a formar buceadores.

Lo que las organizaciones de enseñanza recreativa persiguen es que cualquier persona, con unas pinceladas de conocimientos y habilidades básicas, pueda hacer una inmersión turística en grupo. Como también se ha reiterado en varios artículos anteriores, ello es muy estimable porque, para empezar, han popularizado el buceo de una manera impensable no hace mucho tiempo. Pero este espectacular resultado adolece de sustraer al alumno una formación sólida. No está mal que esto sea así, pero debería ser explicitado.

Sin embargo, en dichos artículos también se mencionó la existencia de bienintencionados instructores que dejan de seguir a rajatabla los estándares que sus agencias de enseñanza les imponen.

Esto lo hacen generalmente extendiendo el escasísimo tiempo de formación que les marcan las organizaciones a las cuales están adscritos, incorporando configuraciones mejores y más avanzadas o enseñando materias y habilidades que les parecen importantes pero que no están contenidas en los exiguos temarios «oficiales». Y lo hacen a costa de su propio tiempo y dinero, cosa que el Autor vuelve a reiterar que le suscita solidaridad, admiración y simpatía.

Además, las agencias de buceo recreativo masivas imponen restricciones y limitaciones al desempeño formativo y pedagógico de estos instructores dispuestos siempre a dar más por el mismo precio, teniendo que ocultar a sus organizaciones que vulneran sus estándares formativos en tiempo y contenido que, como en toda franquicia, deben ser iguales en todas partes.

Así, el resultado es que, sólo en estos meritorios casos, la organización sólo no ayuda, sino que a veces obstaculiza y el instructor se vuelve lo relevante.

Estos heroicos instructores, que sin duda aprecian la actividad de buceo en sí misma, probablemente echen de menos el concepto de formar verdaderos buceadores y no se conforman con estas exiguas migajas turístico-formativas. Y son ellos, al apartarse de la formación estandarizada de sus agencias de enseñanza turístico-recreativas, los que inducen a la falsa idea (a quien ha tenido la suerte de caer en manos de uno de ellos) de que lo importante es el instructor.

El instructor es el factor importante cuando las estructuras docentes fallan o tienen objetivos distintos a lo que cualquiera esperaría, sería la conclusión.

La responsabilidad del buceador novel

En foros y círculos de buceo es frecuente hacer pivotar sobre el buceador novel la responsabilidad de ciertas cuestiones, como la de ir a un centro en condiciones, elegir a un instructor adecuado u oponerse a una comportamiento inadecuado del divemaster que le guía o del centro al que acude.

Pues … ¡no!. El buceador que empieza no puede tener responsabilidad alguna ni se le puede exigir ningún «sentido común». Por definición.

Porque, como se ha dicho, el buceador que empieza no tiene criterio para oponerse a nada de lo que le dice o hace alguien que se supone mucho más avanzado y menos si está investido de la autoridad que se confiere a la figura del instructor o, incluso, a la del guía de grupo o divemaster. Para exigir hay que dar previamente herramientas sólidas, consolidadas y suficientes.

Y, si con sus exiguos conocimientos aplicara el único sentido común lógico que debiera tener lugar en esas circunstancias para alguien nuevo, no se metería bajo una columna de agua de varios pisos de altura, respirando de un cachivache lleno de mangueras y unido a una botella de gas a una presión que podría reducir a escombros su casa. (Afortunadamente porque, si se respetara el «sentido común», seguiríamos pensando que la tierra es plana. Todos los avances técnicos y artísticos se basan precisamente en la total negación del sentido común).

Los divemasteres (o como se diga su plural en bárbaro), los instructores, los centros y, en último pero principal término, las organizaciones, son los encargados y responsables de guiar en todo momento el comportamiento del buceador novel y de garantizar su seguridad. Porque si la formación que se da fuera la que se debería para ser un buceador autónomo, el alumno sí tendría algún instrumento que pudiera guiar razonablemente su opinión y comportamiento. Pero, con la formación al uso, es totalmente contradictoria esa exigencia.

Corolario

Asumámoslo: en el sistema de enseñanza actual, la elección de instructor y centro es una cuestión de pura suerte en términos generales.

Y, dado que las organizaciones de enseñanza masivas no parecen estar interesadas en formar buceadores, sino solamente dar las mínimas pinceladas necesarias para lanzar al mayor número posible de gente al agua con los menores esfuerzo, tiempo y costo posibles, dar con un instructor que tenga una buena formación -distinta a la adquirida en el recreativo- y que verdaderamente enseñe algo sustancioso en el escasísimo tiempo disponible que los sistemas de enseñanza imponen (o, incluso, en más tiempo si éste se salta por vergüenza torera los propios estándares de su organización), es una cuestión de azar. Una casualidad. Un milagro, casi.

Es por ello que el Autor entiende que sea casi inevitable pasar por el primer curso básico de las organizaciones enseñanza masivas, lo cual permite, entre otras cosas, probar en el buceo. Pero desaconseja fuertemente que se siga a partir de ese punto a base de falsos cursos «avanzados» (que las propias organizaciones denominan «experiencias de buceo»), tanto desde un punto de vista didáctico, como económico.

Por ello recomienda que a partir de ese momento y si se decide querer aprender a bucear de verdad (cosa que se asume no todo el mundo pueda desear, conformándose con unas pocas inmersiones tuteladas en grupo al año) cambie de sistema y se incorpore a cursos más largos, sólidos, difíciles … y aparentemente caros.

Pero volviendo a la coleta de Münchhausen, esta decisión debe ser tomada desde el criterio. Y no es extraño que, ante el panorama existente, mucha gente permanezca con esa formación básica simplemente acumulando inmersiones y confiando su evolución a una simple contabilización de horas pasadas por agua.

Puedes compartir el contenido en:

7 comentarios sobre “

La coleta de Münchhausen:

ELEGIR INSTRUCTOR DE BUCEO

  1. Gracias y un placer leer este artículo. Una lástima la realidad, sistema capitalista vs docencia vocacional…
    No quisiera entrar en el apartado de acumular carnés y carnés para luego no saber nada…esto da para otro artículo.

  2. Excelente reflexión!
    En «algunos» Centros de Buceo ofrecen al novato: un carnet que permite bajar a una profundidad por un precio «bajo» rodeado de promociones y descuentos. Si el carnet es el mismo en todos los Centros «open water….» la profundidad a alcanzar es la misma…al novato sólo le queda la variable precio, por lo que realizará su selección del Centro muy direccionada al precio… Y así comienza un circulo vicioso que se extiende a todo el sector.
    Tal vez las aproximaciones al novato deberían ir cambiando para que el novato pueda ir cambiando sus criterios de selección….

  3. Como maestro de profesión y sobretodo vocación, lamentablemente cada vez vemos más en esta sociedad el conseguir algo lo más fácilmente posible, aunque conlleve pérdida de conocimientos o experiencias no recuperables. Y lo que dicen los compañero por aquí es verdad: «quiero mi titulación para bucear sin complicarme mucho la vida», en parte por el desconocimiento de que «en el mar es fácil morirte si eres tremendamente gilipo…..» (expresión de mi propia cosecha)
    Dicho esto, reconozco que mi instructor para el B1E lo escogó por amistad y acerté, el B2E por convencimiento de aprender volviendo a acertar y el B3E por la necesidad de comprender el por qué de todo lo que me rodea cuando buceo. En este último, además del equipo docente extraordinario, se juntaron unos compañeros irrepetibles. De hecho, a mis instructores les confiaría mi vida bajo el agua y en el futuro la vida de mi hijo cuando quiera bucear. Un abrazo muy fuerte a K y F.

  4. Its like you learn my mind! You appear to understand so much about this, like you wrote the book in it or something.
    I feel that you simply could do with some p.c. to power the message house a bit, but other than that, this is excellent blog.
    A great read. I’ll definitely be back.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.