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La botella de respeto o botella de seguridad es un elemento que muchos consideran como algo imprescindible e, incluso, salvador. Pero ¿realmente es así?

Definición de botella de respeto o botella de seguridad

Se llama «botella de respeto» a aquella que se deja en el cabo o en un lugar convenido para que el buceador respire de ella si, al llegar al lugar en el que se ha dejado, tiene falta de gas respirable.

Habitualmente se suele colocar la botella a 6 metros de profundidad, con varios reguladores y un manómetro de presión montados. La grifería debe estar cerrada y los reguladores presurizados, evitando pérdidas de gas.

Hasta aquí, todo parece indicar que se trata de una medida adicional de seguridad muy deseable y que, como mínimo, no sobra. Incluso hay quien opina que esta práctica debería ser habitual y obligatoria en toda inmersión y sobre todo, en aquellas en las que habrá paradas de descompresión.

El Autor no comparte esta visión en absoluto, pareciéndola incoherente y contradictoria con el concepto mismo de buceo recreativo. Vamos a analizar las razones.

Necesidad en ámbito del buceo recreativo o «sin techo»

Lo primero que se dirá es que en el caso del buceo recreativo «puro» o «sin techo», por definición debe existir siempre la posibilidad de realizar un ascenso a superficie directo y en cualquier momento de la inmersión. (ver «Escapando por el tejado: EL FUNDAMENTO DEL «BUCEO RECREATIVO. Primera parte: CONCEPTO Y SISTEMA«.

Es decir, un problema de gas insuficiente debe poder siempre ser resuelto subiendo hasta cotas en las que se consuma menos gas e, incluso, hasta la superficie sin nos faltara gas respirable, aunque ello se tenga que hacer en otro punto distinto al de entrada (lejos del barco). No parece razonable ahogarse por falta de gas por querer llegar al barco a toda costa, aunque parece que siempre hay quien lo intenta. Nada debe impedir en ningún momento un ascenso a una cota superior ni a la superficie.

Por supuesto, la necesidad de no tener «techo» que impida la salida a superficie descarta la existencia de una obligación descompresiva relevante. Si la hubiera, no estaríamos hablando de buceo recreativo «sin techo» y tendríamos que bucear con otro equipamiento, con redundancias, con otros protocolos, otro entrenamiento, etc. que nos permitiera resolver los problemas DENTRO del agua.

Por tanto, en una inmersión recreativa siempre tendremos la posibilidad de ascender cuanto sea necesario hasta la cota que precisemos, salir a superficie e, incluso, no hacer la parada recomendada. En este contexto, ¿para qué sería necesaria una botella cuando ante una falta de gas podemos seguir ascendiendo y llegar a superficie con toda seguridad? ¿Es mínimamente defendible en este caso la necesidad de una botella de respeto en el cabo? Obviamente, no.

Para que la respuesta sea positiva, únicamente podría ser bajo la premisa de que se necesitara gas imperativamente sobre los seis metros y no se pudiera seguir ascendiendo a superficie. Es decir, que se hubiera contraído una obligación descompresiva. En otras palabras, que se hubieran traspasado los límites del buceo que se está realizando. (Léanse las entradas: «Escapando por el tejado: EL FUNDAMENTO DEL «BUCEO RECREATIVO». Segunda parte: LOS LÍMITES)).

Y éste es el problema: buceadores con equipamiento y formación recreativa que transgreden los límites del tipo de buceo que hacen, necesitando resolver el problema de falta de gas dentro del agua por no poder salir a superficie y sin llevar la redundancia que pueda solucionar el problema.

Dado que se supone que la pareja ha hecho el mismo perfil de inmersión, es posible que la falta de gas afecte a los dos. En ese caso sí puede ser útil la botella de respeto, pero lo será para intentar resolver algo que está mal planteado desde el principio.

Aunque lo que parece verdaderamente razonable es no parchear lo que se hace mal, sino hacerlo bien: no contraer obligaciones descompresivas con un equipo y formación recreativa.

Pero el mundo es como es y no precisamente coherente. Millones de buceadores recreativos seguirán año tras año traspasando los límites del sistema de buceo que practican, haciendo inmersiones con obligaciones descompresivas relevantes.

Inconvenientes

El cabo

La botella está en el cabo. ¿Qué pasa si fiamos nuestra suerte a ella y al volver en la inmersión no encontramos el cabo? «Eso no tiene por qué pasar«, suele ser la respuesta habitual adoptando una actitud evitativa (ver la entrada «Todas las setas se comen … pero algunas, sólo una vez: EL FALLO CATASTRÓFICO«).

Pero pasa. Porque los barcos garrean. O porque el clima o un incidente les ha obligado a moverse del punto en que estaban fondeados. Porque la gente se desorienta. Porque aparecen corrientes imprevistas. Por muchas razones.

Y, privados de ese recurso, ¿qué hacemos? Pues hay dos posibilidades: si no hemos pasado nuestro límite y no tenemos obligación descompresiva, ascender tranquilamente. En caso contrario, también ascender -porque siempre ello es preferible a ahogarse-, pero con un buen problema encima que, a lo peor, nos lleva a la cámara.

El exceso de confianza

Hay buceadores que, sabiendo que les está esperando una botella de respeto, tienden a prolongar su inmersión más allá de lo que el gas que llevan realmente permite. Mucha gente hace eso, (como muchos que llevan una segunda fuente de gas utiliza dicho gas para prolongar su inmersión y no como verdadero respaldo). Y en ese punto pueden empezar los problemas. Una vez más, aparece en el horizonte la falta de formación intentando ser resuelta añadiendo parches pero sin plantearse una resolución desde la base.

Es tan común este fenómeno, que en muchos casos no se dice que va a haber una botella de respeto colgando del cabo, para que la gente no la tenga en cuenta durante su inmersión. Parche sobre parche, los problemas se abordan malamente.

La situación

Normalmente la botella de respeto se deja colgando a unos 5 ó 6 m de profundidad, destinada a su uso «colectivo». Ello es porque es la cota a la que se encuentra la última parada deco, que es la más prolongada.

Pero ¿qué pasa si la pareja que ha contraído obligación descompresiva no pudiendo ascender libremente y se queda sin gas más abajo con paradas obligatorias más profundas? ¿O si ha tenido algún fallo catastrófico que le haya dejado sin gas?Obviamente la única solución es saltarse las paradas hasta llegar a la fuente de gas «salvadora». Si bien es muy posible que una considerable extensión de tiempo en la última parada abrazados a la botella de respeto atenúe los efectos de haber omitido anteriores paradas, no parece muy coherente esta situación que pudiera haberse resuelto de manera natural llevando la necesaria redundancia consigo.

La fiabilidad

En todos los casos en que quien esto escribe ha participado en inmersiones en las que se ha utilizado una botella de respeto, jamás ha visto que los eventuales destinatarios hayan comprobado su funcionamiento. Ni una sola vez. Todo el mundo supone que, como es un recurso colectivo, «alguien» se habrá encargado de hacerlo. El dueño del centro, el instructor, el encargado de la carga, el barquero … o, uno por otro, nadie.

En otras palabras: fiamos un último recurso que puede ser crítico para nosotros a la supuesta comprobación de otro, que vaya ud. a saber cómo se ha hecho o, incluso, si ha tenido lugar. (En un próximo apartado en el que se describirá un ejemplo real, se menciona que una de las botellas de respeto dejadas en una inmersión complicada estaba casi vacía y con un regulador inoperativo. No es infrecuente).

Necesidad en buceo recreativo para los que transgreden los límites

El Autor de este pequeño blog es muy consciente de que existe una inercia histórica de buceadores recreativos que bucean más allá de los límites derivados del sistema de buceo que practican, fiando su suerte a la acumulación de «experiencia». Muy probablemente, muchos que lean estas líneas se verán reflejados en esta afirmación.

En estos casos, el Autor sugiere que este tipo de lector se olvide por un momento de lo que hace y lleva mucho tiempo haciendo, para atender exclusivamente al razonamiento que se ofrece en este artículo, reflexionando sobre su coherencia o su incoherencia y actuando en consecuencia a pesar de lo que lleve haciendo quizá durante toda su actividad en el buceo.

Si se transgreden los límites del buceo recreativo, no se está haciendo buceo recreativo. Si se está realizando una inmersión en la que se está bajando a una profundidad que impide hacer un ascenso libremente o se está contrayendo una obligación descompresiva relevante, no se está haciendo buceo sin techo. Es evidente.

Si el lector es de los que han hecho cursos recreativos y llevan años haciendo inmersiones con obligación descompresiva relevante (a veces sin accidentes), lo único razonable es indicar que aumenten su formación adentrándose en el buceo que sí está pensado para resolver los problemas dentro del agua.

Si, a pesar de esta afirmación, el lector transgresor no está dispuesto a aumentar su formación y sigue realizando un buceo en el que los problemas deben necesariamente ser resueltos bajo el agua, la solución debe ser, como mínimo, la redundancia de gas. Una segunda botella, un «pony», botellín o como se quiera llamar, correctamente dimensionado y con un mínimo conocimiento sobre su utilización.

Pero esa fuente secundaria de gas debe ir con el buceador. No tiene sentido dejarla colgada del barco a 6 m por las razones anteriormente dichas. Lo contrario es una chapuza conceptual. Y real.

La botella salvadora en medio del caos

Hay instructores que, cansados de problemas de gas de sus alumnos, defienden la botella de respeto. Y es cierto que mucha gente que empieza no gestiona mínimamente su gas, lo cuál es lógico, porque se supone que están aprendiendo a hacerlo. Pero, además, hay quien ni siquiera se fija en el manómetro o que incluso no comunica que tiene poco gas por vergüenza, porque no quiere ser un problema, porque considera que un consumo excesivo le desmerece o por cualquier otra cuestión. Porque no entiende lo que pasa, en una palabra. Ello no se puede reprochar a alguien que está empezando y que, por tanto, tiene todo el derecho del mundo a equivocarse y a no hacer bien las cosas.

Puede ser una cuestión crítica que, de no ser resuelta prontamente con unas pocas inmersiones, debe resolverse en otros ámbitos y con ayuda de otro tipo de profesionales. No tiene sentido hacerlo a base de acumular sustos e incidentes (experiencias, les llaman algunos).

Pero ello implica de que el sufrido instructor tenga que lidiar habitualmente con situaciones rayanas en el surrealismo. Y que en cada inmersión no sepa por dónde le aparecerá la bonita sorpresa del día. (Mi comprensión y admiración para estos sufridos docentes. Quien esto escribe no sería capaz de hacer lo que ellos hacen).

Es por ello que muchos defienden la botella de respeto como procedimiento para lidiar con estas cosas al final de la inmersión. Una ayuda en medio del caos. (Aunque bien pudieran llevarla ellos mismos durante la inmersión). Es comprensible, pero aunque en esta situación concreta se pueda entender su empleo, ello no justifica en modo alguno el uso general de la botella de respeto.

Ejemplo circense

Un pequeño ejemplo real, solamente expuesto como mero procedimiento para ilustrar lo que se dice.

Inmersión para ver un submarino posado a 50 m en un fondo de arena totalmente plano «en medio de La Nada», lejos de la costa. Varios grupos muy heterogéneos. Sin guía. Bastante más de medio barco con monobotella «a pelo». Varias bombonas (sí, bombonas) (1) de 12 litros.

El barquero anuncia en inglés que deja tres botellas de aire a seis metros. El que suscribe pregunta inocentemente cómo se acostumbra a organizar la entrada al agua para poder planificar el orden de la salida por el cabo. El barquero mira con aire perdonavidas diciendo que allí «cada uno se planifica lo suyo», que ha llevado a gente allí durante muchos años y que nunca ha habido ningún problema «importante» (?). El resto del pasaje escudriña al que esto escribe con cara de «pero-qué-dices-que-perdemos-el-tiempo«.

El barquero tiene a bien advertir a los que portan monobotella que se queden un poco por encima del pecio y que no pasen de 10-12 minutos de fondo. Es de agradecer pero un rápido cálculo mental permite entender que para ellos será una inmersión de una media hora en total y que los que portan botellas de 12 litros llegarán a superficie muy justos de gas. Y ya veremos qué ocurre con los que llevan monobotellas de 15 l, a nada que pase. Como se excedan un par de minutos, no encuentren el cabo o alguien se ponga nervioso y consuma más de lo debido, no tendrán gas para acabar la inmersión.

No pasa nada, que para eso están las botellas de respeto, ¿verdad?

Para no molestar a nadie mayor de edad que está tan seguro de lo que está haciendo, sin insistencia alguna y con sonrisa sardónica, nos adelantamos a todos -pues ya llegamos al lugar de la inmersión preparados- sumergiéndonos mientras el resto acababa de montar su equipo. Pensamos que nuestros 20 minutos de fondo y nuestra deco acelerada con O2 nos harán coincidir con el ascenso general y así no nos perderemos el espectáculo doble que se nos iba a ofrecer por el mismo precio -y que no iba a ser sólo el submarino-.

Afortunadamente, las condiciones son excelentes: agua no muy fría, buena visibilidad, sin corrientes y el ancla al lado del submarino, que resulta ser pequeño, pero extremadamente interesante. Condiciones ideales. Menos mal.

Finalizada la visita turística al pecio y al ascender, lo esperable: un auténtico racimo de uvas … digo, de buceadores agarrados como posesos al cabo y peleándose por estar a la cota pero, sobre todo, por las botellas de respeto colgadas. Algunos que se habían quedado prácticamente sin gas, a tortas. Literalmente. Una de las tres botellas «salvadoras» medio vacía (con apenas 50 bar) y un regulador inoperativo.

El que suscribe entretenidísimo y parado con sus compañeros pasando su deco en el azul a varios metros del escenario … digo, del cabo. Pese a la situación, no parece que vaya a ocurrir ninguna desgracia y no hay que intervenir por el momento.

Terminado el bonito espectáculo tragi-cómico y ya en el barco, infructuosos intentos de contención de risa indisimulable en medio de un enfado general de todos contra todos.

Ya más calmados los ánimos y durante la larga travesía de vuelta, se pregunta prosaicamente a algunos qué que tal … que qué ha pasado. ¡Como si no fuera evidente! Para mojar pan en la sangre de las heridas, más que nada. (O será también que uno es un romántico y sigue confiando equivocadamente en la capacidad de reflexión de las personas).

Respuesta casi unánime: con tan poco tiempo de fondo que les permitían sus botellas, pensaban que era una pena no estar un rato más teniendo las botellas de respeto. Pero que, además, el ordenador les ha dado una deco que no preveían (¡qué sorpresas da ir a remolque del ordenador!) y se han quedado «secos» al final.

Menos mal que no hubo ninguna otra circunstancia que se concatenara con todo esto. ¡Y eso que no hubo problema con el cabo, porque si el barco garrea …! «¡Ah, no … el barco no tiene porqué garrear», como me dijo uno. «Eso no pasa». ¿Le suena esto al lector?

Estas respuestas fueron lo más preocupante de todo. Nadie había entendido nada y pensaban que todo había sido debido a un simple despiste cuando, en realidad, todo había sido un auténtico disparate ya desde antes de poner un pie en el barco.

Corolario y coherencia

Vamos a ser claros: el uso de la botella de respeto generalmente es defendido por instructores hartos de encontrarse sorpresas con sus grupos al final de las inmersiones, pero fundamentalmente por buceadores recreativos con muchas inmersiones a sus espaldas y que bucean más allá de lo que el buceo sin techo obliga.

Buceadores que contraen obligaciones descompresivas relevantes, con un tiempo importante en las últimas paradas. Buceadores que, o bien no gestionan correctamente su gas -por muchas inmersiones que tengan suelen carecer de las herramientas necesarias para ello-, o bien que han tenido algún inconveniente que les obliga a prolongar su inmersión más allá de lo que el gas que llevan permite, faltándole a la pareja gas normalmente al final de su inmersión (por lo que la donación entre ellos no es posible).

En estos casos, la falta de gas en las últimas paradas puede ser resuelta por una botella de respeto, no así en paradas más profundas, lo que obliga a saltárselas. Eso no ocurriría si llevaran otra fuente primaria de gas de manera redundante, lo que ilustra la enorme limitación de la botella de respeto y su sinsentido. Sirve para quien se salta los límites, no lleva gas redundante y sólo en la última parada. O para quien no ha gestionado correctamente el gas que porta.

Por tanto, la «solución» no está en la botella de respeto. La solución es asumir que se está realizando una inmersión «con techo» y que, por tanto se requiere redundancia (y no sólo en el gas). Lo sensato sería aumentar la formación y acceder a este tipo de buceo de una manera reglada, aprendiendo todo aquello que es necesario y que no finaliza en llevar un simple «pony» (aunque llevarlo es por lo menos el paso mínimo deseable, cumpliendo además la ley estatal -RD 550/2020-).

El lector debe ser consciente de este hecho y, si decide transgredir los límites, no fie su suerte a un recurso dudoso, de acceso y eficacias limitados. Asuma lo que hace y actúe en consecuencia. No acepte una manzana que puede estar envenenada.

(1) Ver la entrada: «¿Clasismo o corrección? BUCEO CON BOMBONA«.

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